REPORTAJE
Museo del Cine
Otra historia enlatada de la industria nacional.
Texto y Fotografías: Aldo G. Ortiz-Reyes.

En febrero de 2008, el Presidente de la República, Felipe Calderón Hinojosa anunció que se crearía el Museo Nacional del Cine. Entre aplausos y ovaciones, los asistentes a la muestra del ilustre Gabriel Figueroa fueron testigos de uno de los acontecimientos más importantes para la industria del cine nacional: por fin se haría justicia a todos aquellos que ensalzaron el nombre de México a nivel mundial, y que, alguna vez, lo posicionaron como uno de los países más prolíficos en la producción del llamado Séptimo Arte.

A más de un año que se dio a conocer el proyecto museográfico, el cual tendría que estar listo para los festejos del Bicentenario, los hechos contradicen las palabras del Presidente, ya que aún no existe un recinto, presupuesto, o una colección que hagan del Museo Nacional del Cine una realidad.

En esa ocasión se mencionó al fotógrafo Pablo Ortiz Monasterio como el responsable del proyecto, quien a la fecha no ha emitido comunicado alguno sobre el museo a su cargo. Al parecer ésta es una historia más que se queda en el tintero, una promesa que se la llevó el viento y un carpetazo definitivo al asunto como muchos otros relacionados a la industria cultural de nuestro país.

Pero detrás de esta triste realidad existe otra historia: el sueño de un hombre por crear un recinto que deje vestigios de la grandeza de nuestro cine de oro, que muestre a las nuevas generaciones qué y quiénes hicieron del cine mexicano un orgullo nacional que, en su momento traspasó fronteras. Pero que, de forma desafortunada, con el paso del tiempo esta nueva ilusión se ha convertido en un calvario. Su protagonista: José Romay.

Actor, director y productor de cine, hijo del célebre inventor del sistema sonoro mexicano y prolífico director Joselito Rodríguez, José "Pepe" Romay platicó su odisea sin fin para poder materializar su sueño: hacer el primer museo dedicado al cine nacional.
Sentado en el comedor de su casa comenzó su relato. Sus ojos seguían reflejando la misma perspicacia de hace algunas décadas, cuando de niño participó en películas como "Píntame angelitos blancos" y "Después de la tormenta". Ahora, es un hombre maduro, robusto y alegre, con la experiencia de haber nacido, crecido y trabajado en la industria cinematográfica nacional, a la cual conoce mejor que las palmas de sus manos.

"Quisiera que las nuevas generaciones se identificaran con el cine, un cine que no existiría sin su público. Que conocieran su cine nacional, y que no se llenaran la cabeza con películas gringas que no los dejan pensar. Un cine en el que había tanta gente involucrada, tantos nombres que se han olvidado, y en el que convivían cordialmente desde el productor hasta el que ponía un clavo".
Han pasado más de tres años desde que el proyecto de Pepe Romay y Jaime Casillas, quien fuera Presidente de la Sociedad de Autores y Directores de México, se puso en marcha. Juntos se acercaron a Marina Stavenhagen, Directora del IMCINE, quien les  presentó a Pablo Ortiz Monasterio para que se uniera al proyecto y los encaminara a un éxito seguro.

La necesidad de un recinto para establecer el museo, y presupuesto para desarrollar lo que originalmente Romay llamó Casa del cine, los condujo a visitar otras instituciones gubernamentales. La idea no sólo era montar un simple museo, sino crear un espacio interactivo con la más alta tecnología para atraer al público más joven, target principal de Romay.

Desgraciadamente el destino, y la burocracia, han hecho del futuro museo algo incierto. La muerte de Casillas, y el poco interés de Ortiz Monasterio dejaron solo a Romay, quien no se dio por vencido y siguió tocando puertas. Comenzaron las pláticas con la SOGEM, (Sociedad General de Escritores Mexicanos); la ANDA, el Gobierno Federal y del Distrito Federal.  PÁGINA 2

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